martes, 16 de junio de 2026

No puedo evitar mirar atrás porque nos llevan hacia atrás

 

No puedo evitar mirar atrás porque nos llevan hacia atrás, de David San Martín

20,3 x 12,7 cms, 120 páginas, 8 € (envío península incluido).
Edición limitada y PUNK: no he querido corregirla antes de enviarla a imprenta y he corregido a boli cada uno de los 10 ejemplares, con tachones to guapos.
Para pillar la versión física, nos entras en un puesto o nos escribes a reflectorlibros ( en ) gmail -punto- com.

Para adquirir la versión digital: AQUÍ.

Para leerlo gratis: AQUÍ



Sobre el libro
Compilación de las 9 plaquetas (plaquettes para los gilipollas) de Ferragosto que he ido sacando cada veranico desde el 2016. Se incluye un poema inédito, "Muérete". Se acompaña de 56 ilustraciones de las que hago porque la vida está para eso.
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Sobre el autor
David San Martín escribe, compone, diseña, maqueta, graba, edita y distribuye (con conciencia de hacerlo y de por qué hacerlo) artefactos culturales desde 1991, en solitario, en bandas, en editoriales, en colectivos, en sindicatos, en sellos de música.
No lo hace especialmente bien.
Es una de esas personas que sabe que no cotizará lo suficiente para cobrar una pensión porque bajo un sistema capitalista es imprescindible un ejército de reserva de parad@s.


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Muérete, gritaron los que lloraron
mi suicidio fingido en un espejo.
Los amigos dejaron de serlo
cuando la alegría de la vida sucedida
no cubrió el dolor de la muerte
que no sucedió nunca.
Muérete, gritaron los que se sintieron culpables
y así se liberaron de toda culpa de conocerme.
Muérete, gritaron los punkis
que aprendieron en sus propias carnes
lo que era realmente transgredir.
Muérete, gritaron a izquierda y derecha,
dentro y fuera del régimen del setenta y ocho.
Las líneas rojas no eran líneas ya:
alcanzaron tres dimensiones.
Muérete por no haber muerto, gritaron
satisfechos en el orden mediático de las cosas.
Los anarkopunks que querían derribar las prisiones
y abolir la pena de muerte
pusieron precio a mi cabeza.
La Guerra de los Mundos
y los monólogos de los comediantes
seguían generando dinero y ensayos amables,
pero cuando la guerrilla de la comunicación
demostró que no hay conejo en la chistera
se abrió la caza del hombre.
En otra realidad una criatura extraña
con pelo acrílico hizo lo mismo que hice yo
y unánimemente se escuchó en las redes rotas:
“yasss, reina, diosa, dilo”.
En otra realidad paralela un humorista del régimen
repetía la jugada frente a una cadena de derechas
y tanto en las plataforma digitales de Black Rock
como en las okupas rieron al unísono
“la épica troleada del puto amo a los fachas”.
Lo importante era el ruido y la furia
en el marco establecido por el panóptico
de las redes sociales.
El movimiento político contestatario
ya no contestó nada mientras se mecía
al ritmo de las canciones en Fraggle Rock.
El circo dejó de tener gracia para muchos
y por eso el circo tuvo sentido otra vez.
Las que pasearon un coño insumiso en procesión
asumieron al fin su puritanismo sin tapujos.
Los que querían romper con todo
se sintieron rotos; no les gustó.
Muchos, satisfechos, dejaron de morderse la lengua.
Se liberó al kraken con la excusa soñada.
Quedó el cero absoluto donde se proyectaron castillos.
Tantos tatuajes “for life” fueron borrón
sin cuenta nueva en la piel.
Muérete, acaba así con esto que somos,
pensaban todos y nadie dijo nunca en alto.
Y yo no me morí: salí a los caminos,
con el aire más limpio que nunca.
Muérete, rabiaron los antisistema
al unísono con los antidisturbios.
Los cocainómanos antifascistas de rebajas
se encontraron de repente en una misma trinchera
con los cocainómanos futboleros
que se pensaban fascistas.
El mundo entero fue una pequeña,
diminuta caja de eco
donde una gran masa santurrona comulgaba
con ruedas de molino mientras
rezaba diez muéretes con una sola voz.
La minoría que quería salvar el mundo descubría
que el mundo cambiaba sin su ayuda,
y rabiaron su muérete a los cuatro vientos.
Gritaron muérete al ver que no eran emperadores
pero igual andaban desnudos.
De repente descubrieron que su brújula moral
siempre había estado desnortada,
que su balanza siempre estuvo trucada.
Que su arsenal de respuestas,
siempre agitado con orgullo satisfecho,
no daba salida a las preguntas necesarias.
Que el gato callejero que intentaban alimentar
respondía con zarpazos sucios impropios
de una película de Disney.
Y por eso pensaron muérete.
frente a otra línea roja recién descubierta,
y callaron otra vez.
La payasada superó a los payasos,
quienes me denunciaron por intrusismo laboral.
Y es que el suicidio sólo vale si el sucida nos vale.
Si es de los míos y si es de verdad.
Sólo se llora la muerte de quien no nos juzga.
Sólo se admira al Che y a Allende 
porque fueron derrotados.
Pero a Stalin hay que odiarle.
Por eso me fue entregada tras la muerte
que no fue
esta grieta insalvable.
Por eso habito esta tierra quemada
donde sólo queda ser semilla.
Por eso ya no yerro por eriales de sal
donde las bocas forman una cadena cerrada
que dicen muérete, por no decir
estamos muertos otra vez.
Qué revolucion espera quien espera 
que no le muevan el mundo.
Qué certeza material encontrará
quien se aferra a unas coordenadas de aire.
Muérete, aúllan en el silencio vacuo de las pantallas.
Muérete, susurran cobardes
los maniquíes de los escaparates,
el activismo anoréxico en las pasarelas de moda.
Muérete, por dejarnos fuera de lo que creímos ser
y ver cuán innecesarios fuimos y seremos.
Por mostrar cómo de calculadas están las rutas
de nuestro libre albedrío;
qué pantone exacto es el rojo de nuestras líneas,
el morado de nuestra indignación avergonzada;
lo barato que es el cebo
para los salmones de piscifactoría.








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